Hace dos días mi abuela hubiera cumplido 103 años. Nació en 1910 en la parte de Alemania que luego se convertiría en el “este” y fue una mujer muy especial. Siempre había pensado que mi abuela era una inspiración para mí, porque simplemente adoramos a nuestras abuelas. Pero con el tiempo me doy cuenta que mi abuela fue una auténtica heroína de sus tiempos.

Y por eso le dedico esta primera entrada tras mi baja y os doy la bienvenida nuevamente con esa historia real llena de Impulsos Positivos.

Para empezar mi abuela me dio la primera lección en filosofía de mi vida. Tenía una cómoda que rezaba en alemán la frase “Quién sabe olvidar lo que no puede cambiar, será feliz”. Era una frase expresada en un alemán antiguo un poco enrevesado y a la medida que iba aprendiendo a leer no lograba entender lo que decía. “Ya lo entenderás”, me decía ella. Día tras día jugaba delante de esta cómoda en presencia de la frase misteriosa. No sé lo años que tuve cuando comprendí por primera vez su significado, pero sé que fue un momento de orgullo y de humildad a la vez, porque sabía intuitivamente que aunque por fin comprendía el significado de las palabras, todavía no sabía qué significaba vivir según él.

Pero mi abuela sí lo sabía. Y a mí me encantaba sentarme a su lado en la butaca verde de cuadros para que me contase historias “de antes”. Así aprendí que mi abuela vivía una vida adelantada a su época. Con 15 años se fue de casa de su madre para aprender una profesión porque no quería depender de nadie, cuando lo normal para las chicas de entonces fue quedarse en casa para aprender sus labores. Con veintitantos, para ver si el señor que la invitaba a dar un paseo, su futuro marido, iba en serio le hizo esperar dos días sentado en el restaurante dónde trabajaba para que demostrase su compromiso. Como mujer casada cruzaba la frontera entre las dos Alemanias por la noche escondiéndose de los guardias y sus metralletas para ir a visitar a su familia. Ella no se conformaba con un “no puedo”. Y cuando volvía a casa de noche, atravesando el campo oscuro hacía su pueblo me comentaba que nunca tenía miedo, porque iba “armada” con su llave cogido fuertemente en el puño.

Sus armas siempre fueron sencillas, pero le valían porque ella era una mujer fuerte. Una mujer que vivió la época más oscura de su país natal, pero que sin embargo nunca se dejó vencer por el miedo, ni por los límites impuestos por sus circunstancias.

Habiendo perder a su padre en la primera guerra mundial, volvió a perder el hombre de su vida en la segunda porque los americanos se lo llevaron como prisionero. Después del trance de los bombardeos que vivió en Leipzig, una de las ciudades que se destrozaron casi por completo, se encontró sola en un país en ruinas. Sin embargo, nunca le escuché decir ni una palabra rencorosa hacia los raptores. “Volvió tan gordito de América, fue un placer verle. Tenían mucho más que comer como prisionero en EEUU que como hombre libre en la postguerra alemana”.  Ella sabía mirar el lado positivo de las cosas.

Mantuvo esa actitud hasta bien avanzada su edad, cuando la demencia le hacía vivir cada vez más en el pasado. Ya no se acordaba de las cosas del día a día, pero seguía en su línea optimista. Los días que la tuvimos que llevar al hospital porque había tenido un ataque de epilepsia  tuvimos conversaciones de ese tipo: “Pero qué sitio tan bonito y tanta gente amable ¿es una pensión?” “No abuela, es un hospital.” “Ay, pero corazón, ¿quién está enfermo?”. Otra anécdota de esta estancia de hospital es que mi abuela le confesó entre risitas a mi madre que a su edad, “de eso de liarse con el joven médico ya nada”…. a sus 90 años sabía lo que quería.

Falta decir que mi abuela murió, estoy convencida, por decisión propia. Fue un día que estaba en la cama recuperándose de una caída. Mi tía había venido de visita para apoyar a mi madre en los cuidados, a pesar de la relación bastante tensa que había entre las dos hermanas. Una tarde cuando las dos estaban al lado de su cama les miró y dijo “Siempre había querido veros otra vez a las dos tan unidas a mi lado”. Dicho eso cerró los ojos y se echó la última siesta de su vida.

Mi abuela fue la primera heroína de mi vida. Estoy segura que tú también tienes en la tuya una persona parecida, alguien que te inspira superación, amor, sabiduría o una fuerte amistad. Si esta persona especial todavía está contigo, aprovecha para darle un abrazo hoy, haz una visita o una simple llamada por teléfono. Dale las gracias por estar en tu vida, por haber compartido momentos especiales y por ser quién es.

Son los héroes cotidianos, con sus actos y actitudes tan especiales, que nos demuestran cada día que todas las personas, con independencia de sus circunstancias, pueden vivir una vida excepcional.

 

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2 Responses to “Los héroes de nuestra vida”

  1. Pues mira Eva, mis heroes son muchos. Mis padres desde luego. Mi antiguo socio Oscar. Y también tu misma. Eres un ejemplo a seguir por muchas razones. Tan joven y tan sabia. Gracias por estar en mi vida y gracias por unirme más a ti y a los tuyos habiendome hecho madrina de tu primogenito Manu. Por todo ello me siento muy agradecida :) Eres uno de mis básicos en la vida.

    • Muchas Gracias Ana :) No sé qué decir, porque todo sería repetir lo que dices tú o intentar buscar palabras y sentir que me quedan cortas. Mejor te daré un gran abrazo cuando te vea :)

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