Hay situaciones en la vida que son auténticamente desesperantes. No hablo del típico estrés diario que nos deja “desesperados”, ni me refiero a los enfados recurrentes que nos pueden estar ocurriendo con algún familiar, compañero, amigo o jefe que nos saca de quicio y “nos desespera”… hablo de situaciones que nos dejan sin palabras, por lo horrible, injusto y triste que son.

Estoy pensando en las familias que tienen niños pequeños con cáncer. En la madre soltera de dos niños que se acaba de quedar sin trabajo. Hablo del hombre de 38 años que recibe el diagnóstico de que le quedan 3 meses de vida y del bebé que pierde sus padres en un accidente de tráfico. No hace falta irme lejos, no tengo que mencionar los miles de niños que mueren cada minuto en el mundo con las tripitas hinchadas, ni la gente que vive en un miedo constante por la tiranía y supresión que rige su país. Aquí mismo, en nuestro alrededor hay miles de personas que lo están pasando verdaderamente mal.

Probablemente conozcas algunos, o eres tú mismo el afectado, la afectada. ¿Cómo podemos, cómo te puedo, proporcionar consuelo en estos momentos difíciles? Ciertamente hay muchos consejos de ayuda que en momentos verdaderamente desesperantes parecen más bien un golpe a la cara que un mensaje bienintencionado de consolación. “Acepta lo que no se puede cambiar!”, “Asume la responsabilidad de los retos que te pone la vida!”, “Elige tu respuesta, elige estar bien!”…. seguro que todos tienen su aplicabilidad y granito de verdad en muchas situaciones, pero cuando alguien está profundamente tocado por una desgracia, no ofrecen ni consuelo, ni alivian el dolor. Es más, creo que causan exactamente lo contrario. ¿Cómo vamos a decir a una madre de dos niños pequeños que se está muriendo de un cáncer, que asuma la responsabilidad de su enfermedad cuando su cuerpo está lleno de metástasis y los médicos le han desahuciado? Hay momentos cuando el consuelo parece imposible.

¿Qué podemos hacer cuando toda ayuda parece llegar tarde? Antes que nada creo que lo último que deberíamos intentar es negar la gravedad de la situación. Frases como “Ya verás como saldrás de aquí en seguida” o “No seas triste” son tan inadecuadas como insensibles. Son una vía de escape para no tener que enfrentarnos al dolor. Y el dolor muchas veces es una realidad. En la atención a pacientes terminales directamente se prohíben a los cuidadores paliativos este tipo de comentarios, porque hacen más daño que bien. Son situaciones cuando lo que cuenta no son las palabras, sino la presencia que alguien que acepta el dolor, ofrece su cariño incondicional y sabe escuchar o simplemente compartir el silencio.

¿Y en los casos cuando sí hay esperanza, dónde la mejora es cuestión de tiempo? ¿Cómo ayudamos a alguien que está en un bache de la vida?

En un primer momento después de recibir un golde, casi nadie es capaz de levantarse inmediatamente para darle cara a la vida otra vez, no tenemos fuerzas para volver a la normalidad, porque primero es necesario sanar la herida y darle tiempo a cicatrizar. Y creo que es bueno así. Hay momentos en los cuales no nos toca luchar, cuando no toca ser fuerte, ni valiente. En estos momentos tenemos que conceder el permiso para sentir dolor, para llorar, para estar sin esperanza y profundamente triste. Es cuando necesitamos a los otros, para que den la cara por nosotros, para que nos cuiden y abracen, sin muchas palabras, porque las palabras fallan cuando todo se viene abajo. Y eso es el papel de todos nosotros que queremos ayudar.

La ayuda más grande que podemos dar en tiempos de crisis aguda es el amor y el cariño. Un amor que no pide y que no tiene expectativas, que acepta la ira y tristeza sin pedir que el otro esté bien, sólo para guardar las apariencias. Muchas veces nos saldrá del alma intentar “animar” a nuestro amigo afligido, hacerle reír para verle feliz y sentirnos mejor. No hay nada malo es eso, pero si eres un verdadero amigo, también procura que haya momentos más tranquilos, momentos para sentir lo que está pasando, para dejar espacio a que surjan las emociones más temidas. Entonces sólo escucha, sólo mira a los ojos del otro y comparte su dolor, tal como compartirías su alegría en un día de fiesta. Serán momentos difíciles para ti, pero darás un espacio seguro para que la persona en duelo pueda mostrarse de forma auténtica. Quitarnos las máscaras en los tiempos de crisis es de lo más importante. Sí, es verdad, así seremos más vulnerables, pero resucitaremos más fuertes de la época de dolor, si la hemos vivido con carne y hueso sin haber intentado negar o encubrirla.

Los psicólogos hablan mucho de la ira reprimida, de la pérdida no asumida y la tristeza no afrontada. Son causas de muchos trastornos dolorosos que se podrían prevenir dejando un espacio seguro para la gente en crisis.

Entonces, si quieres ayudar cuando todo se viene abajo, regala tu presencia, tu amor y tu cariño sin esperar nada a cambio.

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