Como psicóloga “positiva” me siento profundamente agradecida por la temática que me acompaña todos los días.  La ciencia me enseña cada día más sobre las bases de la felicidad, me descubre ejercicios prácticos y sencillos para potenciar el bienestar y tengo conversaciones apasionantes con mis clientes sobre los valores, en sentido de la vida y el amor. Es un campo que invita a hablar de lo que funciona en la vida de las personas y que mira el mundo con optimismo. Trabajar con conceptos positivos es una labor muy gratificante, tanto para el terapeuta o coach como para el cliente.

Sin embargo, muchas veces me doy cuenta que la reputación que tenemos como expertos del bienestar psicológico tiene una gran desventaja. Muchos de nuestros clientes piensan que tenemos la receta para eliminar el dolor emocional. Psicología Positiva para ellos significa “dejar de sentir dolor” y conocer la fórmula para sentirse bien “a pesar de las circunstancias”. Nada más lejos de la realidad. En éste artículo discutiremos por qué Psicología Positiva no significa ausencia de dolor y cómo nos podemos relacionar con el dolor inevitable sin sufrir.

Una de las grandes críticas que se hace a la Psicología Positiva sigue siendo la percibida “proclamación de la felicidad permanente”. Se dice que el intento de descubrir las claves de la felicidad no es científico, ni válido porque “no se puede medir”, o porque “promete lo que no puede cumplir”. Muchos críticos no se dan cuenta que los psicólogos que trabajan diariamente con el bienestar tienen un enfoque mucho menos dogmático y mucho más pragmático que las simplificaciones que critican. Cada vez que alguien dice: “Ay, esa Psicología Positiva, buscando la ausencia del malestar y la sonrisa perpétua, qué pérdida de tiempo.” está (1) criticando algo que ningún psicólogo positivo honrado defiende y (2) está creando un prejuicio muy peligroso que trasmite que la Psicología Positiva pretende saber cómo ser “feliz siempre”. Así, los críticos crean los propios prejuicios que luego critican.

Desde mi punto de vista la realidad es la siguiente: La Psicología Positiva no pretende eliminar el malestar para siempre. De hecho ni trabaja con el malestar. No porque niega que existe. Sino porque asume que no lo podremos eliminar. El malestar, el dolor emocional, los momentos de desesperación y tristeza forman parte de la vida humana y nada podemos hacer para cambiar eso. Dicho eso, hay aquí el otro lado de la realidad. La vida también tiene muy buenos momentos que podemos aprender a apreciar y valorar más. Las personas que mejor gestionan el malestar psicológico y las emociones desagradables son las que permiten sus experiencias “negativas” como parte de su vida. Son capaces de sentir un gran dolor interno y al mismo tiempo no pierden su capacidad para sentir emociones más bondadosas, más agradables y más positivas. Son capaces de llorar una pérdida y abrazan un amigo, apreciando ese momento potente de conexión y amor a pesar del dolor que también conlleva. Cultivan emociones positiva y aceptan el hecho de tener emociones dolorosas.

Esa llamada “complejidad emocional” es lo que diferencia las personas más resistentes a las circunstancias difíciles de la vida. Cuando una personas “positiva” se encuentra con un contratiempo, no es verdad que se siente bien ” a pesar de las circunstancias”. Pero no sufre igual que una persona “negativa”.

Para comprender eso tenemos que distinguir el dolor del sufrimiento. Hace tiempo decía que el sufrimiento es más intenso que el dolor, que nos afecta más. He cambiado de opinión. Hoy creo que la gran diferencia entre dolor y sufrimiento es la aceptación. Puede sentir un dolor muy intenso, agudo y desgarrador en un momento de pérdida o desesperación, pero si acepto mi reacción emocional, no adquiere el tono negativo del sufrimiento. El sufrimiento surge cuando me resisto a mis experiencias dolorosas, cuando no quiero aceptar que algo me ha hecho daño, cuando no admito las sensaciones internas difíciles. He visto muchas personas sufrir por no aceptar sus emociones dolorosas, por olvidar que sentirnos mal no significa haber fracasado en la búsqueda de la felicidad. Si nos enfrentamos al dolor desde la negación o evitación entramos en guerra con nuestra esencia más humana y más sensible.

Una forma diferente de relacionarnos con nuestro dolor emocional es la autocompasión. La autocompasión se lleva estudiando or la Psicología Positiva desde hace unos años como un sentimiento que incluye un elemento de bondad hacía nosotros mismos, la consciencia de nuestra condición de humanos (es decir, no somos ni máquinas, ni dioses, ni superhéroes) y la capacidad de conectar con el momento presente tal como es sin juzgarlo.

Sé que es un concepto que fácilmente lleva al malentendido y puede crear un cierto rechazo inicial. En mi tierra natal, Alemania, decirle a alguien que tiene “Selbstmitleid” es uno de los insultos más graves que existen. “Selbstmitleid” podría significar literalmente lo mismo que auto-compasión, pero con un tinte sumamente negativo, connotaciones de ser “llorón”, explayarse en su propio sufrimiento, hacerse víctima y lamentarse del “pobrecito mío”. Aquí nos referimos a otra traducción mucho más positiva de la palabra compasión, el “Mitgefühl” que significa literalmente “sentir con (alguien)” y se relaciona con la etimología griega de la palabra española compasión, que describiría como “sentir emociones juntos”. Wikipedia nos cuenta que “la compasión es la percepción y comprensión del sufrimiento del otro, y el deseo de aliviar, reducir o eliminar por completo tal sufrimiento”. Sólo falta añadir, que la compasión siempre comprende y acepta, nunca juzga, nunca niega la existencia y la validez del dolor.

Tener autocompación por tanto es hacer con uno mismo lo que hace una madre compasiva con su hijo al verle triste tras la muerte de su querida mascota: le abraza y le consuela, le dice que entiende su tristeza porque también querría mucho a su amigo animal y llora unas lágrimas con él, compartiendo su dolor. Tener autocompasión es lo contrario a la crítica de nuestras reacciones emocionales, a la exigencia de no sentir nada ante una desgracia, al intento de no ser vulnerable o a la ignorancia de nuestra sensibilidad. El hecho de que la palabra “autocompasión” nos suena tan raro muestra que no la tenemos muy integrada en nuestra forma de ser. Es más común sentirnos culpables o débiles por nuestro dolor.

¿Diría una madre que es ridículo sentirse triste por la pérdida de un animal doméstico querido? ¿Diría una madre que no debe sentirse triste, porque no es para tanto? ¿Diría una madre que se olvidase de ello ya de una vez, porque ya valía de llorar? La triste realidad es que hay muchas personas que reaccionarían así, incluso ante el dolor de una persona querida. No estamos acostumbrados a aceptar nuestro dolor emocional, nos cansamos de ello muy rápidamente, porque no es cómodo, porque queremos “quitárnoslo” cuanto antes. Quien ha malentendido la Psicología Positiva piensa que va a tener una panacea para reemplazar los malo por optimismo, emociones positivas y resiliencia.

Lo que realmente descubrimos es que lo más útil es partir de la base de que el dolor es inevitable y que lo importante es seguir cultivando la positividad para poder aceptar las partes dolorosas de nuestra existencia más fácilmente. Por eso decimos que la valentía sólo existe cuando hay miedo, que el amor se descubre ante la pérdida, que la necesidad de conexión se hace evidente ante la soledad y que la autocompasión sólo se puede practicar ante el dolor.

Estamos comprendiendo ahora que las personas que practican la bondad consigo mismo, no se abandonan y se sumergen en un sufrimiento sin sentido, sino comprenden que su dolor es parte de su condición de humano. Se critican menos antes un fracaso y por tanto tienen menos miedo ante nuevos retos, están más propensos a probar cosas nuevas y sufren menos, cuando algo no sale como previsto.

Para practicar la autocompasión, piensa en una emoción o situación desagradable reciente que no te has permitido sentir, por vergüenza, culpa o simplemente porque te parecía demasiado desagradable para conectar con ella. Genera una dialogo interno compasivo, comprendiendo las razones por las cuales te sentiste mal, generando una actitud amable, bondadosa y conectada con el momento y con tu emoción. No intentes deshacerte de ella, simplemente ten compasión contigo. Eres humano y por eso reaccionas ante algo que no resultó según tus preferencias o expectativas. Date cuenta como tu emoción te puede muestrar tus valores, tus deseos y tu humanidad. Si te sientes sólo, te muestra tu necesidad de cercanía, si te sienes enfadado, te muestra tu necesidad de justicia o reconocimiento, y si te sientes cansado, tu necesidad de descanso y tranquilidad. De allí puedes simplemente quedarte con tu emoción desde la aceptación, o eligir la acción que te acerca a lo que más necesitas en ese momento. Concédete lo que te pide tu cuerpo, tal como lo concederías a un ser querido. Recuerda que sentir lo que sientes no es signo de debilidad, sino la prueba de que estás vivo.

 

Si quieres leer más sobre la autocompasión te recomiendo el capítulo 4 el libro: Mindfulness, Aceptación y Psicología Positiva de Todd Kashdan y Joseph Ciarrochi.

Imagen: www.heartstep.org

Problemas de comunicación: empecemos por nosotr@s.

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Un nuevo paradigma para un nuevo mundo

Todavía resuenan dentro de mí las muchas palabras de sabiduría, poesía e inspiración que se han pronunciado este fin de semana en la Conferencia Europea de Coaching que tuvo lugar aquí en Madrid. Siento mucha gratitud por las buenas circunstancias que me llevaron a inscribirme en este evento, que para mí marca un antes y después en mí joven trayectoria como coach. Junto con 450 coaches de 30 países asistí con gran interés y entusiasmo a las ponencias y los talleres que disfrutamos juntos. La sensación de unicidad, de comunidad y de compañerismo sobrepasaron todas mis expectativas. Nunca había vivido unas jornadas profesionales dónde la apertura al aprendizaje era tan genuina como durante estos tres días que pasamos entre profundas [más]

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Hace poco mi hijo cumplió 6 meses. Este medio año siendo mamá ha sido una época intensa, con mucha alegría, unos pocos días de desesperación y muchas nuevas experiencias preciosas. Que me ha cambiado la vida no hace falta mencionarlo. Lo que sí creo que merece la pena comentar es lo mucho que uno puede aprender de un bebé pequeño. Creo que si aplicáramos las habilidades que nos enseñan los bebés en nuestras comunicaciones adultas la calidad de nuestras relaciones daría un salto cuántico. Cuando los bebés vienen al mundo parece que “no tienen agenda”, viven esta nueva vida todavía sin forjar por la influencia de su entorno, aparentemente sin expectativas, sin poder decidir nada, ni quién los cuidará, ni [más]

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ACT: consciencia, aceptación y el compromiso con la acción.

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Estímulo, Respuesta y Consciencia

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Entrena tu mente.

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