Agosto en España. El mes del éxodo de las grandes ciudades. También el mes de sol y playa, de cervecitas frías bajo la sombrilla, para algunos el mes de tomar pescadito frito, para mí el de las ensaladas ricas de tomates y berenjenas recién cogidas de la huerta. Y por cierto el mes de pasar un ratito del día desconectando de nuestros pensamientos cotidianos.

Creo que no hay momento mejor para expandir nuestra visión de nosotros mismos y vernos desde una sabia perspectiva de pájaro. Como si estuviésemos observándonos desde lejos, sin implicación en el santo sin parar que tantos de nosotros celebramos la mayor parte del año.

Cada uno tendrá sus momentos preferidos para respirar hondo y darse cuenta de que por fin nos hemos permitido parar para disfrutar. Bajo el sol de la playa, escuchando las olas del mar, en la cima de una montaña o en la hamaca entre árboles de un prado recién cortado… son momentos de darnos cuenta del momento precioso que vivimos. Hace sólo dos años que descubrí la importancia que tienen estos momento de no hacer nada para conectar conmigo mismo.

Tuve una experiencia preciosa en un viaje a Jamaica con mi marido. Sin grandes expectativas habíamos decidido probar suerte con un viaje de último minuto, simplemente para desconectar, dado que los dos andábamos con mucho trabajo y bastante exhaustos. Además hacía un calor en Madrid que no nos dejaba ni dormir. Nos decidimos por un viaje de playa de verdad, de estas que yo hasta este momento sólo conocía de los catálogos… ¿¿una semana entera en la tumbona del hotel, sin hacer nada?? ¡Imposible! Haríamos alguna excursión, para ver algo, para hacer algo… no? Eso de ir en plan “todo incluido” sin más siempre me había parecido aburrido, flojo y un poco tonto. Viajar sin interesarme por el país dónde iba, para mí era de ignorantes. Lo que no sabía es que la isla tenía un mensaje esperando para mí.

Una vez allí nos dimos cuenta que toda la isla y sus habitantes respiran un aire de calma y tranquilidad que va más allá de la relajación. Otros lo llamarán pasota, para mí fue una lección pendiente. Su lema: “Everybody happy, nobody sad”. Tras los primeros contactos con los rastafaris sonrientes que pasaban por nuestra playa intentando vendernos marihuana sin éxito (y sin ningún tipo de queja) no tardamos ni dos días en sumergirnos en un dulce “si no hoy, será mañana”. Hasta hoy no tengo muy claro qué me paso, pero la isla me dejo en un estado constante de profunda relajación, dónde mi habitual esquema de “hacer muchas cosas a la vez” parecía lejos e irreal.

En gran contraste con mi habitual agenda con muchas cosas por hacer, las únicas “tareas” que tenía en esta semana fue disfrutar de un poco de yoga por la mañana en mi balcón tamaño esterilla de la habitación, no perderme ni uno de los fantásticos desayunos con zumito tropical recién hecho y pasar los días entre piscina y playa leyendo un libro que honestamente ni me acuerdo cómo se llamaba. Lo que sé es que trataba de encontrar nuestra pasión en la vida, de encontrar nuestros sueños y como hacerlos realidad.

A nueve horas de avión de España en una playa del Caribe encontré mi espacio de libertad para tomar unas decisiones que han marcado mi vida. Sigo haciendo muchas cosas, pero la elección de qué hacer y qué no hacer tienen otro trasfondo: la autenticidad. Desde mi estado de relajación jamaicana pude darme cuenta de la gran tensión que vivía en mi día a día y sobre todo ser suficientemente honesta conmigo misma para ver que no tenía ninguna razón personal para seguir en la rueda de hámster en la que me había metido yo solita. Me di cuenta de todo lo que hacía para cumplir, para hacer lo que se esperaba de mí, para no caer en desgracia o simplemente para no causarme más líos.

El día que dije que no a una excursión “impresionante” y la cambié por más horas de dolce fare niente en la playa, perdiéndome la “obligatoria” cita con las perlas de la isla me di cuenta de la diferencia entre “cumplir” y “querer algo de verdad”. Y lo que me costó decir que no! Hasta tomar la decisión me sentía mal por no querer explorar la isla, por no querer levantarme de mi tumbona por nada en el mundo, por no querer interesarme por nada que no fuera mi propio disfrute. Me sentí mal por querer formar parte de esta tan humilde masa de personas que desconectan no haciendo absolutamente nada. Sólo cuando reconocí y me permití mi pereza, empecé a disfrutar realmente. Hasta que hice otra excursión tres días después, una que realmente me apeteció a mí, no fue para ver nada, sino para dejarme llevar en catamarán por la isla.

Aunque no me acuerdo del contenido exacto del libro que leí entonces creo que aprendí tres cosas importantísimas sobre los objetivos, la pasión y los sueños en este viaje:

1)      La pasión está en lo que queremos hacer realmente. No está en lo que hacemos por cumplir con el plan de otra persona, por el reconocimiento, ni en lo que hacemos porque se supone que es lo que tenemos que hacer. La verdadera pasión es la que se esconde en nuestras ganas por hacer algo. La obligación es la muerte de la pasión.

2)      Los sueños se encuentran en el camino de la autenticidad. Hay sueños que están muy de moda. Querer ayudar. Compartir conocimiento. Crear algo para la eternidad. Viajar y aprender idiomas. ¿Qué pasa si nuestro sueño es algo muy diferente? ¿Algo que no encontramos en las revistas o los blogs de internet? ¿Qué pasa si simplemente queremos vivir tranquilamente y sin problemas? ¿O casarnos con un tío rico que nos cuide para nunca más tener que trabajar? Realmente hay sueños de segunda calidad? Yo creo que no! Quién está juzgando nuestro sueño sino nosotros mismos, porque no tenemos el valor de admitir lo que queremos de verdad, de verdad. Sólo la autenticidad nos puede llevar a la felicidad.

3)      Para movernos hacía nuestros objetivos, o empezar a tener nuevos objetivos auténticos que nos llevan a un vida con pasión, es importantísimo hacer caso a esa pequeña vocecita que llamamos intuición. Muchas veces es difícil escucharla en el bullicio y murmullo constante de nuestras vidas ajetreadas, llenas de citas y recados por hacer. Con un poco de tiempo y espacio para expandir nuestro foco y movernos desde el hacer hacia el estar será más fácil conectar con ella y tener una honesta conversación con ella. ¿Qué tal está? ¿Qué nos cuenta? ¿Qué es lo que nos quería decir con las pensamientos recurrentes que no tenemos tiempo a tomar en serio? ¿O estas jaquecas que llaman nuestra atención? Eres más sabio de lo que eres, sólo tienes que empezar a escuchar.

Me gustaría vivir en un mundo dónde todos tenemos sueños y la intención de hacerlos realidad.

Si no te consideres una persona con sueños, aún más, te pido que tomes estos días de verano y la posibilidad de olvidarte de tus obligaciones para crear espacio para conectar con tus deseos auténticos. Si no sientes la alegría de vivir por una meta personal, lo más probable es que has dado más paso a metas que has adoptado desde fuera, sin hacerlos tuyas de verdad.

La verdadera felicidad no trata de seguir un guión preestablecido, ni de recibir buenos consejos de la gente adecuada y hacerles caso.

La autentica belleza de la vida empieza a surgir cuando encontramos y escuchamos nuestra propia voz.

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