Verano, vacaciones, disfrutar de la vida, nada de preocupaciones, diversión, relajación, desconectar de todo…. hay muchas formas de describir el impacto positivo que anhelamos cuando se acercan las semanas del merecido descanso de las vacaciones. Con toda la ilusión que sentimos al partir de viaje o anticipar el placer y las aventuras que disfrutaremos una vez en destino, no siempre se cumplen esas altas expectativas, ni todo es tan perfecto como pensábamos. Sin embargo, las vacaciones casi siempre significan un cambio de la rutina, más libertad y la posibilidad de “hacer lo que nos de la gana” en ese tiempo extra libre que tenemos al no trabajar. Son un momento especial por ser diferentes. Además, muchas veces tenemos en mente que una vez que se acaben, tardaremos otro año más en poder vivir lo mismo. Lo raro se valora más y lo queremos disfrutar al máximo.

Lo que puede parecer extraño es que también volvemos de las vacaciones con esa sensación placentera de haber vuelto, (“como en casa, en ningún sitio”), nos alegramos de volver a ver los compañeros, arrancar nuevos proyectos con la energía renovada y volver al día a día “normal”. La idea de estar de vacaciones para siempre, no nos suele gustar. ¿Será que estamos hechos para disfrutar de las vacaciones…. pero sólo el tiempo justo?

Esa observación que podrás haber vivido en primera persona esconde un principio fundamental que ha sido descubierto y descrito por la Psicología Positiva en los últimos años. Vamos a ver por qué las vacaciones son un momento tan especial y por qué al mismo tiempo llega el momento de cansarse de su encanto. Veremos que éste principio nos pueden ayudar a disfrutar más de nuestro día a día en general, sean vacaciones o no, y enseñarnos a evitar que nos cansemos de lo que nos gusta.

El concepto clave es la llamada “adaptación hedonista”. Nos enseña que los humanos tenemos la maravillosa capacidad de disfrutar intensamente de diferentes experiencias, sintiendo alegría, diversión y deleite, pero que al mismo tiempo no somos capaces de mantener esas sensaciones durante mucho tiempo. Es decir, nos acostumbramos a las buenas sensaciones y se hacen menos intensas, hasta desaparecer del todo. El ejemplo típico es el de imaginar que durante una semana comes y cenas tu comida favorita. Acabarás bastante cansad@ de su sabor, puede que incluso te llegaría a ser desagradable.

No sólo es así con la comida, apuntemos en la misma lista actividades como tomar el sol, hacer una caminata por un lugar precioso, jugar un juego, comer en un determinado restaurante, quedarse en la cama hasta tarde, ir de compras o ver una película. Cuando una actividad o vivencia se repite una y otra vez, inevitablemente tras un tiempo pierde su gracia. Eso es la adaptación hedonista en acción. Se detecta incluso en las relaciones. Es la razón por la cual el enamoramiento es sólo una fase en una relación de pareja y no puede durar para siempre. Simplemente, nos acostumbramos a los encantos de nuestra pareja, a sus besos, y la agradable sensación de estar a su lado. Por la misma razón, también el placer vacacional tiene su límite. Cuando disfrutamos de algo, menos muchas veces es más.

Eso no significa que deberíamos intentar “no disfrutar del todo, para que no se desgaste”. Eso es lo que hacía mi abuela con la ropa más bonita que tenía: la guardaba en el armario para los “momentos especiales”, que luego nunca llegaron hasta el día que se dio cuenta que las polillas habían acabado con las prendas. No. Aplazar el disfrute no es una receta para prolongarlo, al contrario: es la receta perfecta para no sentirlo nunca.

¿Qué podemos hacer entonces para seguir disfrutando de las cosas que nos gustan sin saturarnos? La solución parece simple, pero no es simplista. El disfrute se mantiene por tres actitudes: la atención consciente, la curiosidad y la variación.

La atención consciente se convierte en disfrute consciente cuando prestamos atención con todos los sentidos a la experiencia del momento presente. Sea un masaje, una puesta del sol o un momento en silencio con nuestra pareja ante un paisaje sobrecogedor – siempre podemos incrementar la intensidad de nuestras experiencias mediante la atención consciente a las sensaciones placenteras del momento. Podemos dar las gracias internamente por ese momento, cerrar los ojos, dibujar una sonrisa en nuestra cara o simplemente sentir el calor interno que nos produce la emoción agradable. Es una actitud que requiere practica y que se puede practicar en cualquier momento que nos parezca bonito. ¿Te has dado cuenta que la comida cara es más rica, no sólo porque la ha preparado una persona especialmente experta, sino también porque prestamos más atención a los sabores, la textura y los colores del plato? Eso es resultado de la atención consciente al disfrute. ¿Cuál podría ser la próxima experiencia que podrías intensificar por el disfrute consciente?

La curiosidad nos ayuda a detectar nuevas cosas en situaciones que pensamos conocemos ya del todo o que han llegado a aburrirnos. Tomemos por ejemplo el hecho de veranear por enésima vez en el mismo lugar (a lo mejor porque es el pueblo de tu pareja y toca ir cada año por lo menos una semana), la curiosidad por descubrir nuevos lugares, nuevas actividades o conocer a personas nuevas te puede devolver una renovada sensación de disfrute en éste sitio “conocido”. Lo mismo funciona en un museo que te encanta y que visitas por tercera vez, tu ciudad natal y la playa de toda la vida. Si notas que algo ha dejado de ser “cómo antes” intenta descubrirlo de nuevo desde la actitud de la curiosidad. ¿Cuál es el sitio al que necesitas volver tú con una renovada sensación de curiosidad?

Por último, la variación es la herramienta más fácil para evitar que la saturación nos amarga el placer. Volviendo a nuestros ejemplos vacacionales, si te das cuenta que el cuarto día de playa ya te empieza a resultar soso porque pasas los días entre el libro, el chapuzón, la charla y el chiringuito no dejes que llegue a ese punto. Pregúntate de antemano, cuantos días de playa disfrutas de verdad. Si son dos, ése tu máximo, si son cinco, son cinco, no hay regla que valga para todos. Una vez que has detectado tu máximo organiza cambios en tu rutina para no superar nunca ese máximo. Antes de llegar a saturarte proponte descubrir una playa nueva, haz una excursión en barco, un curso de surf o de buceo, cualquier cosa que introduzca una variación en las rutinas. Recuerda que anhelamos las vacaciones porque son ¡diferentes a la rutina! Si volvemos a crear una rutina de vacaciones puede que no estemos aprovechamos su total potencial de disfrute. ¿Me dices que nunca te aburres de estar en la playa? En este caso, estoy segura que tus días allí nunca son los mismos. Si por ejemplo vas con una familia grande, donde abunda la conversación, las risas y el juego tras un año de casi no veros, claro que no te vas a aburrir, porque no llegas a acostumbrarte a todos esos nuevos estímulos.

Si piensas que variación equivale a disfrute seguro, ojo, porque también nos podemos cansar de la abundancia. Si has hecho alguna vez un viaje en ruta, durmiendo todos los días en un lugar diferente y visitando varios sitios cada día, habrás notado que también la novedad constante puede cansar. Entonces el día del descanso, de quedarse dos noches en un mismo sitio, tomándose el tiempo para desayunar tranquilamente, leer un libro en el patio o dormirse una buena siesta te hace estar en la gloria. ¿Por qué? Porque te habías saturado con la constante novedad y las muchas impresiones del viaje.

Lo que tenemos que hacer para evitar la adaptación hedonista es darnos cuenta por dónde nos estamos saturando, para introducir variaciones conscientes que nos permiten volver a disfrutar de un aspecto diferente de la situación. En la práctica eso se puede traducir por ejemplo en unas vacaciones que contienen momentos de actividad y momentos de tranquilidad, días de comer fuera y días de comerse un bocadillo casero en la playa, planes en grupo y escapadas a solas, juegos de mesa y partidas de voleyplaya, novelas de corazón y revistas científicas. No pensemos que las vacaciones tienen que ser “de esa forma” para poder disfrutar de ellas al máximo. Lo más probable es que unas vacaciones variadas y sin saturación te permiten disfrutar mucho más. Con la actitud correcta, incluso una escapada corta puede aportarte el mismo disfrute como unas vacaciones de un mes.

Lo mismo vale para la vuelta de vacaciones: con atención consciente, curiosidad y variación podemos inyectar placer en rutinas que se han vuelto aburridas, fines de semanas que han perdido la chispa o días laborales que se han vuelto grises.

No dejes que se te escapen los momentos de disfrute. Vívelos intensamente, da la gracias por ellos y no esperes que vuelven a ser exactamente lo mismo. Porque disfrutamos más cuando hay variación y descubrimiento. Menos mal que de eso la vida traer mucho. Sólo hace falta vivirla con los ojos abiertos y dispuestos a experimentar.

Si quieres leer más sobre la adaptación hedonista en los diferentes ámbitos de la vida y cómo contrarrestarla te recomiento el libro de Sonia Lubomirsky llamado “Los mitos de la Felicidad”.

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