“Estamos en crisis!”, “Es que… con la crisis…”, “Uff, con la crisis que está cayendo”  No sé si soy yo la única que durante los últimos dos años se ha desesperado un poco con estas frases. No cuando me lo dicen personas que están realmente tocadas por la crisis, faltaría más, sino cuando se usa como una justificación ante la falta de voluntad, determinación o motivación. Cuando contacto con empresas para ofrecerles nuestros programas de formación y coaching he aprendido a no dejarme desanimar por el  miedo, la frustración o la excusa que se esconde detrás de estas palabras. Me he dado cuenta que cuando averiguo cuál es su problema verdadero y empiezo a construir un dialogo a partir de allí, se abren nuevas posibilidades. Si nos quedamos con estas frases hechas es difícil salir adelante.

Es cierto que la economía de España se ha ralentizado. Es cierto que se despilfarran recursos públicos mientras que faltan medidas de impacto a corto plazo. Es cierto que las empresas están congelando la contratación de personal. Es cierto que ya no se pueden vender pisos con una prima del 100% al cabo de los pocos años de adquirirlos. También es normal que los españoles pensábamos que nuestro paraíso temporal fomentada por la entrada a la Unión Europea en 1986 iba a ser para la eternidad.

Pero hay otra realidad que es aún más relevante para mí. La sensación de angustia y la paralización que esta crisis ha generado para  muchos de nosotros.

Creo que más que nunca tenemos que darnos cuenta que resucitar de la crisis, o más bien, de nuestra propia crisis de confianza es algo que nadie hará para nosotros. Lo tenemos que conseguir con nuestros propios recursos.

Creo que el principal problema de la crisis que estamos viviendo es que es impersonal y al tiempo intrusivo. Por supuesto hay muchos casos dónde la afectación es directa (p.e. las personas que han perdido su empleo tras un E.R.E.) pero hay muchísimos más casos dónde el impacto es meramente indirecto. Es pasa cuando nuestra vida objetivamente no ha pegado ningún cambio de rumbo, ni estamos sufriendo una pérdida importante de estilo de vida, pero las noticias constantes de suspensión de pago, cifras de desempleo al alza y lo que le paso a la prima de una amiga pasa factura a nuestro estado de ánimo. Nos sentimos inseguros por una amenaza económica. Tememos el futuro de nuestros ingresos, nuestros trabajos y la fidelidad de nuestros clientes. Y esa amenaza socava nuestra tranquilidad y se apodera lentamente de nuestras conversaciones, afectando nuestras decisiones e incluso nuestros sueños. Lo malo de las crisis impersonales es que sentimos que no podemos hacer nada para resolverlas. Dónde no vemos una causa clara, no hay remedio claro. Y así seguimos echando la culpa al sistema, los bancos y los políticos. ¿Y eso nos ayuda?

Cuando sentimos que no tenemos control sobre nuestra situación o que nuestras acciones no sirven para cambiar la situación se genera algo que los psicólogos llamamos “indefensión aprendida”.

La indefensión aprendida se manifiesta como una pasividad aprendida ante situaciones adversas. Paraliza nuestros intentos de salir adelante y además merma nuestra confianza de poder emprender acciones efectivas para mejorar nuestra suerte. Se muestra en el caso del joven licenciado que deja de mandar currículos y se encierra deprimido en casa tras recibir un par de denegaciones porque el miedo de acabar dentro de grupo del 40% de universitarios en paro le paraliza (lo que obviamente hace que la profecía se cumple y no encuentra trabajo por falta de acción).

Puede que decís, que todo eso parece un poco exagerado, que tampoco deberíamos paralizarnos tanto por un miedo económico, al final hay muchas cosas en la vida que son más importantes que el dinero. Cierto. El amor, la salud, la felicidad… todo parece mucho más importante que el dinero. Estoy totalmente de acuerdo. Sin embargo, el dinero hoy en día es cómo el chuletón de bisonte para nuestros antepasados: es símbolo de nuestra supervivencia. Y nos sólo metafóricamente hablando. Estudios de neuroimagen que investigan procesos cerebrales han descubierto que una preocupación financiera aguda activa las mismas partes del cerebro como las amenazas directas a nuestra vida. Es decir, el miedo causado por la amenaza de perder nuestra fuente de ingresos se interpreta por nuestro cerebro como igualmente peligroso que encontrarse cara a cara con un oso furioso en un bosque oscuro. Se desencadenan las mismas reacciones de activación de estrés mediado por niveles elevados de cortisol y adrenalina con todos sus efectos corporales correspondientes.

La diferencia es que del oso o escapamos en 2 minutos o se acabo el problema para siempre. De la angustia financiera no escapamos. El peligro parece inminente, y más si cada día las noticias nos confirman que hacemos bien en preocuparnos. Y como la crisis no la hemos creado nosotros, no sabemos qué cambiar para remediarla. Nos sentimos indefensos.

Los psicólogos están de acuerdo que el antídoto contra la indefensión y su depresión subsiguientes, es la acción. Pero siendo una crisis impersonal (para la mayoría de la gente, insisto), ¿qué es lo que realmente podemos hacer para no caer en la trampa de la indefensión?

He aquí seis pasos para resucitar el ave fénix que llevas dentro, listo para salir de las cenizas:

  1. Darte cuenta de las creencias que guardas respeto a la crisis. Te afecta directamente o realmente te has dejado infectar por el virus de la angustia colectiva? Qué emociones te causa este miedo? Qué dialogo interior mantienes respecto a la crisis y sus efectos sobre nosotros.
  2. Identificar los comportamientos que muestran que estás viviendo desde una mentalidad de crisis. ¿Aceptas rápidamente excusas del tipo “es que con la crisis no se puede”? Dejas de insistir cuando clientes te dicen que no, en vez de buscar soluciones que se adaptan a su mentalidad afectada para ofrecer un valor añadido? Pregúntate qué harías si tuvieras la seguridad al 100% que la crisis no te pudiera afectar? Deja fluir tu creatividad. Haz lo que es necesario para alcanzar lo que quieres y practica la persistencia y paciencia. Recuerda que difícil no significa imposible y piensa en lo orgulloso que puedes estar cuando consigas lo que intentas a pesar de la crisis.
  3. Hacer una lista de las cosas que te afectan negativamente clasificándolas en dos categorías: cosas que puedes cambiar y las que no puedes cambiar. Las que no puedes cambiar, las circunstancias externas, no merece la pena despilfarrar tu energía ni siquiera en quejarte por ellas (buena, desahógate un buen rato con tu mejor amiga, pero luego pasa página y céntrate en tu círculo de influencia). Tu tarea es seguir adelante a pesar de las circunstancias centrando tu energía exclusivamente a cambiar las cosas sobre las que sí tienes influencia. Y eso incluye decidir si quieres ver las noticias de las 9 o si te resulta más útil hacer una lista de tres cosas positivas que te han pasado este día (véase GRATITUD).
  4. Comprueba tu integridad. En qué forma la crisis te está alejando de tus valores y la visión que tienes para tu vida. ¿Eres una persona tranquila y valoras tu paz interior, pero últimamente te encuentras nerviosa sin saber porqué? Haz un compromiso contigo mismo para conectar con tu serenidad una vez al día y así recuperar tu sensación de control. Y aunque no puedas cambiar las circunstancias que te inquietan, puedes tomar consciencia de tu reacción y reconducirla si hace falta.
  5. Identifica nuevas posibilidades que podrían solucionar lo que te preocupa. No tener posibilidad de elección significa estar en un callejón sin salida. Si tienes trabajo pero te preocupa su seguridad, empieza a ser proactivo. Cómprate un libro sobre cómo hacerte imprescindible en tu trabajo. Investiga información que te proporciona una ventaja competitiva. Entrena tus habilidades interpersonales para mejorar las relaciones con tus compañeros y tus clientes. Ser proactivo significa anticiparse a las circunstancias y abre tu horizonte para encontrar soluciones cuando te hacen falta.
  6. Toma acción. La trampa de la indefensión es que nos deja sin recursos y sin ideas. Nos atrapa en el estancamiento. Siempre hay algo que puedes hacer para encontrarte mejor desconectando de influencias negativas o potenciando otras positivas. Lo primero es desconectar de tu sensación de impotencia y hacer hueco para las emociones positivas. Empecemos con pequeñas cosas. Hay miles de actividades gratuitas que incrementan nuestro bienestar. Hablar con una persona querida, hacer un favor a alguien, dar un paseo en un parque, respirar hondo o poner tu música favorita… seguro que tienes tu truco personal para estos momentos. Y verás cómo incluso una pequeña sonrisa genuina puede desbloquear tus recursos creativos.

Os animo a que os convertís en ejemplos de que las crisis no son el fin del mundo. Muchas veces son el inicio de algo precioso, algo que antes estaba escondido. Las crisis nos remueven y nos hacen salir de nuestra zona de confort. Es diferente, y es difícil a ratos, pero no es malo. Recuerda que la palabra crisis en chino se describe con dos signos combinados. Uno es peligro, el otro oportunidad.

Haz que tu crisis sea una oportunidad. Para reinventarte. Para revivir. Para resucitar de cenizas como una preciosa ave fénix.

¿Te gusta este tema? ¿Quieres trabajar más en profundidad? Acompáñame el sábado 18 de noviembre en el TALLER “Resucitando de cenizas. Resiliencia en tiempos difíciles” en la Fuente del Gato en Olmeda de las Fuentes. ¡Más información aquí pronto!

 

Entrena tu mente.

Matthieu Ricard, por lo que se ha podido demostrar con las últimas técnicas de neuroimagen en unos estudios de la Universidad de Wisconsin, es la persona más feliz del mundo. Bajo el escáner de resonancia magnética funcional el asesor personal del Dalei Lama, biólogo molecular convertido en monje y conferenciante mostraba un patrón de actividad indicativo de felicidad que iba mucho más allá de lo que se esperaba ver en una persona normal. No sólo por eso Matthieu Ricard es lo que llamaría yo un experto en felicidad. Vive una vida muy diferente, una vida sencilla y entregada a la divulgación del budismo y la sabiduría oriental en todo el mundo. Tiene esa sonrisa preciosa típica de la gente entregada [más]

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