Hoy tuve la gran suerte de poder asistir a la presentación del libro “Cómo dedicarte a lo que te gusta (y que te paguen por ello)” de Ana Moreno. En su Hotel Rural La Fuente del Gato nos reunimos doce personas compartiendo no sólo una exquisita comida vegetariana ecológica preparada por nuestra anfitriona, sino sobre todo nuestra ilusión, nuestras experiencias, dudas y también miedos relacionados con un sueño: el querer hacer de nuestra vida profesional una expresión de lo que somos, más que un trabajo con una nómina al final de mes.

De este encuentro podría compartir muchas cosas con vosotros, pero quiero resaltar un punto específico, uno que a mí misma a veces me cuesta poner en práctica.

Se trata de la aceptación.

¿Qué tiene que ver la aceptación con el hecho de querer dedicarse a lo que nos gusta profesionalmente? Muchísimo. Es más, yo diría que a todos nos hace falta más aceptación en cualquier aspecto de nuestra vida.

La aceptación a veces parece el padrastro de la determinación. Nos pasa muchas veces que equiparamos la aceptación con una sensación de darnos por vencidos, de amoldarse a una circunstancia que parece imposible cambiar y con la que tendremos que vivir, aunque no nos guste. “Cómo nunca mediré 180 tendrá que aceptar mis 153, qué se le va a hacer”. Es conformarnos con algo, porque no nos queda otra.

Si hacemos una pequeña indagación lingüística en lo que es aceptar, veremos que viene del latín acceptāre que significa recibir. Qué interesante! Según esto aceptar sobre todo significa no rechazar lo que se nos da. No decir que no a lo que la vida nos ofrece.

Creo que aquí yace precisamente la polémica del término aceptación: tantas veces nos cuesta saber hasta qué punto aceptar lo que la vida nos da y cuando decir ¡ya basta! ahora me cogeré lo que yo quiera!

Y precisamente de esto hablamos hoy.

Entre Ana y varios participantes coincidimos que el proyecto de dedicarnos profesionalmente a lo que nos gusta (y realmente cualquier proyecto, plan de vida o sueño que nos proponemos) es sobre todo un proceso. Es un proceso que tiene sus cumbres y valles, sus momentos de sol y de sombra y que no hay receta para evitar que a veces nos cuesta seguir adelante.

Además, crear una nueva realidad profesional no es un punto final al que llegamos en algún momento y ya está. Como el mundo está en constante cambio, también nosotros cambiamos y así también nuestros objetivos y deseos. Puede que lleguemos a un puerto seguro, pero lo más natural es que un viaje incita las ganas de seguir conociendo el mundo. Así también los proyectos profesionales cumplidos nos incitan a plantearnos objetivos más grandes. Más que un viaje que llega a un punto final y se acaba, comparamos este proceso con un río que busca el mar y que en su recorrido adopta formas de curvas esquivando los obstáculos que encuentra en su camino. Se encontrará con piedras pequeñas que se unirán al río sin más, otras piedras resistirán un tiempo y acabarán cediendo pero otros más grandes se quedarán definitivamente impidiendo su paso en una cierta dirección. Sin embargo a pesar de todo el sabio río se busca su camino hacia el mar.

Resulta que este proceso, este viaje de aprendizaje hacia la realización laboral en nuestro caso no es siempre tan fácil de llevar. No nos gusta estar estancados, no es agradable no tener soluciones inmediatas, pero a veces simplemente no sabemos por dónde tirar. Pero se nos olvida que sólo estamos en camino y que este camino en muchos momentos no estará muy iluminado. Practicar la aceptación nos ayudará a tirar adelante? Me podrás decir que aceptar los contratiempos es igual a someterse a ellos, que la insatisfacción  es un ingrediente importante de nuestra motivación para el cambio. Que la aceptación nos quita la energía necesaria para cambiar lo que no nos gusta. Justo lo contrario es el caso: sólo cuando aceptamos dónde estamos podemos leer el mapa de opciones que se nos abre en nuestro alrededor y así coger impulso para seguir con más fuerza.

No confundamos la aceptación con el conformismo. Ceder ante las circunstancias sólo para no dar la cara o para evitar emociones negativas tiene el alto precio, porque nos quita nuestra sensación de influencia.

Vamos a ver las cosas como son: la vida nos traerá situaciones difíciles que no podemos cambiar con nuestras propias manos o que requieren un tiempo para resolverse.

En estos momentos aceptar en el sentido de “recibir” ofrece una oportunidad maravillosa: podemos decidir recibir el mensaje de nuestras circunstancias y abrirnos a las posibilidades y aprendizajes que nos ofrece la situación por la que pasamos sin juzgar si es buena o mala. Se trata no sólo de recibir y quedarnos allí, sino decidir cómo interpretar los acontecimientos. Muchas veces no sabemos para qué servirá lo que estamos viviendo hoy. Quién no recuerda las lecciones de la vida que ha tenido que aprender “por las malas” y que hoy está encantado de tenerlas como un valioso recurso en su repertorio de experiencias.

Eso no significa dejar las riendas de nuestras vidas sueltas. No significa tragárselo todo. Tampoco significa bailar al son que tocan aunque nos espanta. Y mucho menos significa cerrar los ojos ante las injusticias que pasan en nuestro alrededor.

Para mí aceptar dónde estamos en nuestro camino significa sobre todo dejar de sufrir. Es darse cuenta que en la vida el dolor viene de fábrica, pero que el sufrimiento es opcional. Es también dejar el perfeccionismo a un lado para aprender de los errores tan necesarios que cualquier proyecto importante conlleva.  Aceptar nuestros errores es nada más que permitirnos ser humanos.

En cuánto conseguimos ver nuestros contratiempos como signos de progreso estaremos en el buen camino.

Lo más difícil que nos queda es decidir cuándo seguir luchando y cuando aceptar que por el momento no hay nada que podamos hacer. La intuición será tu aliada fiel en estos dilemas, la práctica y la acción tú mejor preparación. Simplemente evitemos los extremos: el tirar la toalla ante la más mínima adversidad o insistir demasiado en una única “solución” hasta agotar toda la energía. A veces un simple cambio de rumbo temporal evita la fricción y el desgaste.

Hay dos sencillas pautas que nos pueden dar la pista de lo que no estamos aceptando:

  • Presta atención a los “tengo que”s y “deberías” en tu dialogo interno y con otros. ¿Quién está detrás de estas imposiciones? ¿Estás segura de que quieres aceptar todas estas obligaciones? ¿Qué pasaría si cambiases el “debería” por el “quiero”?
  • Si sueles comparar tus acciones y tu forma de ser con otros, pregúntate cual es el propósito ¿Quieres aprender realmente o sólo te fijas en lo que todavía no has conseguido?

No olvides que estás en el camino y que dónde estás hoy sólo es parte de tu recorrido.

En este sentido quiero compartir con vosotros unas líneas preciosas de Melody Beattie, de su libro “The language of letting go” (la traducción es mía):

“Muévete con ligereza. A lo mejor tendrás que empujar un poco, pero no tienes que empujar tan fuerte. Muévete con suavidad, avanza en paz.

No tengas tanta prisa. En ningún día, en ninguna hora, en ningún momento se requiere que hagas más de lo que puedas hacer en paz. Comportamientos vertiginosos y urgencias no son la base de tu nuevo estilo de vida.

No tengas tanta prisa. Empieza, pero no fuerces ningún comienzo, si no es el momento. Los comienzos llegarán a tiempo.

Disfruta y saborea estar en medio, en el corazón del asunto.

Tampoco tengas prisas para acabar. Puede que estés cerca, pero disfruta los momentos finales. Sumergete en estos últimos momentos para que puedas dar y recibir todo lo que hay allí.

Deja que el ritmo fluya naturalmente. Da un paso adelante. Empieza. Da otro paso adelante. De todas formas, hazlo con cariño. Hazlo en paz. Celebra cada momento”

 

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