El otro día escuche una conversación del tipo de sabiduría callejera que me gusta a mí.

“Feliz Año!” “Feliz Año, ¡que empiece bien!” “Bueeeno, ya veré…” “Hombre, ¡paciencia!”

¿Paciencia? La verdad que nunca había escuchado la palabra paciencia en este contexto y me quedé pensando en ello hasta comprender del todo el bonito mensaje contenido en este pequeño comentario.

Cuando echamos un vistazo a nuestro alrededor, sobre todo en esta época del año, parece que el comienzo de algo nuevo automáticamente nos llenará de ilusión, nuevos propósitos y nueva energía. Espero que en muchos casos sea así, porque de hecho, empezar algo nuevo en sí puede ser una experiencia gratificante y emocionante. Anticipar un nuevo comienzo nos da esperanza, la esperanza de hacerlo bien, de crear algo precioso o simplemente sentir la emoción ante la novedad. Está igualmente bien sabido que mantener esta ilusión inicial ya por sí no es nada fácil (pensemos en todos los propósitos de año nuevo que no sobreviven el primer mes…). ¿Y qué pasa si directamente no sentimos ilusión por este nuevo comienzo? ¿Y sí es un comienzo que nos da miedo?

La realidad es que a veces, esto de arrancar y motivarnos para empezar nos cuesta. Y mucho.

Hay muchísimas personas que viven estas épocas de “comienzo”, estas fases cuando toca trazar planes nuevos y rehacer una parte de nuestra vida con un subyacente y no siempre reconocido malestar. Es cuando nos vienen dudas, y no sabemos si estamos “siendo realistas”, preguntándonos si tendremos lo que hace falta para tener éxito en nuestros nuevos cometidos, y sintiendo que todo nos viene demasiado grande. Son momentos cuando es muy probable que tiremos la toalla… y muchas veces incluso antes de haber empezado.

Parece injusto que un día se nos viene a la cabeza cierto plan y nos emocionamos para al momento siguiente recordar todas las razones del por qué no seremos capaces de hacerlo realidad, o por qué somos ilusos intentándolo o por qué puede ser una pérdida de tiempo y energía, y eso sin mencionar la vergüenza que nos dará cuando fallamos. Mejor no tener ningún plan y ninguna aspiración que sufrir eso, ¿no? Pues no. NO con mayúsculas.

Lo que os quiero transmitir es que cada comienzo nuevo, sea un año natural, un año de nuestra vida o un proyecto nuevo, evocará emociones y pensamientos ambivalentes y contradictorios. Por un lado tenemos ganas de conocer, hacer o probar algo nuevo, por otro lado sentimos miedo adentrándonos en lo desconocido. Hay personas que les encanta la sensación de no saber qué les va a ocurrir mañana (entre psicólogos eso se llama “Alta Tolerancia a la Incertidumbre”), pero la gran mayoría preferimos la seguridad de lo cotidiano, de la constancia, de lo de siempre. Estamos más acostumbrados a consumir el riesgo en dosis pequeñas y agradables, probando de vez en cuando un restaurante nuevo, visitar un pueblo nuevo un fin de semana, viajar una semana a un país más o menos lejano, para después volver a nuestro ritmo habitual. Pero con los comienzos nuevos parece que nos tiramos a la piscina sin preparación, ni chaleco salvavidas. Porque empezar algo nuevo es emocionante … ¿no?

Resulta que los comienzos nuevos y sobre todo los planes nuevos que requieren cierta acción, sí suponen cierto riesgo. El problema es que no nos damos cuenta de antemano y luego la sensación de inseguridad nos sorprende desprevenidos. Si empezamos a tomarnos el nuevo proyecto en dosis pequeñas aumentamos nuestra posibilidad de éxito.

Imaginamos que nuestro propósito es tan simple y sencillo como dejar de pasar los sábados por la mañana revisando los últimos mails de trabajo de la semana para dedicar este tiempo a una actividad agradable como estar con la familia, ira a una clase de yoga o jugar una partida de pádel.

Implica varios cambios con diferentes consecuencias, algunas positivas, algunas potencialmente negativas. Positivas porque efectivamente teníamos muchas ganas de hacer este cambio y nos proporciona una sensación de bienestar y orgullo hacerlo, negativas porque al dejar de hacer algo al que nos hemos acostumbrado (¡y hemos acostumbrado a otros!), puede que cause ciertas reacciones negativas, tanto propias como ajenas.

Igualmente, hay un cierto peligro de frustración si no nos preparamos bien. Para cada cambio que incorporamos en nuestra vida hace falta un poco de planificación y algunos reajustes, como p.e apuntarnos a esta clase de Yoga, tener la ropa de deporte preparada, reservar la pista de pádel, quedar con la familia, organizar la comida, etc. Requiere tiempo y cierta anticipación y con eso, existe el riesgo que nos olvidemos de reservar un pequeño espacio de tiempo entre semana para hacerlo (aunque sean sólo 5 minutos) o que no tomemos algo en cuenta que luego nos cause una consecuencia negativa (como p.e. unas agujetas terribles tras una “inocente” clase de yoga que acaban con tu capacidad para subir escaleras (sólo lo digo por experiencia)).

Además, puede que estos mails que antes contestábamos el sábado, se quedan allí hasta el lunes y nos causan una vuelta del fin de semana un poco más apretada de tiempo (a no ser que hemos sido previsores y nos hemos levantado media hora antes el lunes…). Es decir, nos podemos encontrar con la situación de que el cambio que nos imaginábamos tan maravilloso requiere un cierto tiempo de ajuste, y no siempre resulta agradable desde un principio.

Sin embargo, eso de cambiar no tiene porqué ser una experiencia ni tan pesada, ni tan seria como puede parecer después de mis últimas consideraciones. La importancia estar en tomárselos con ligereza. Depende de nosotros cómo nos queremos plantear los pequeños retos que nos plantean los comienzos nuevos. Podemos tirar la toalla al ver las consecuencias que suponen nuestro propósito y decidir que no merece la pena seguir o aceptarlos para encontrar la forma de superarlos unos por uno. Las dos conclusiones están bien, siempre que no nos hagan perder la ilusión de empezar algo nuevo. La clave está en afrontar cada reto a su tiempo, y encontrar la forma de hacerlo funcionar poco a poco. Al fin y al cabo, los buenos propósitos están para disfrutar de ellos, no para hacernos la vida imposible.

Si en estos momentos del año tienes la impresión de que no estás disfrutando de este comienzo nuevo del año 2012 y tienes una intuición desagradable de que tus buenos propósitos a lo mejor no llegarán a ver la luz de febrero, te ofrezco la siguiente lista.

Aquí está mi recomendación de ingredientes necesarios para tomarse los comienzos un poco más a la ligera:

  1. Una buena dosis de compasión con nosotros mismos. Recuerda que sólo estás empezando y si no sale del todo bien de principio no pasa nada.
  2. Una pizca de humor, para reírnos de nosotros mismos y nuestros pequeños contratiempos cuando nos estamos tomando las cosas con demasiada gravedad.
  3. Mucha honestidad, para poder diferenciar nuestros verdaderos deseos de los “deberías”  que cada año aparecen en nuestra lista de propósitos, no porque realmente queremos cambiarlos, sino porque “es lo que se hace”, “sé que tengo que hacerlo” o “es que me lo pide X”.
  4. Una ración extra de aceptación si te tropiezas con algo que realmente quieres cambiar, pero que no te ves capaz de hacer, simplemente, porque hay prioridades más importantes ahora mismo en tu vida o no es el momento para tí. Toma nota de tu deseo y no lo olvides del todo. Inténtalo más tarde cuando realmente te sientes preparado, no te fuerces si tu intuición te dice que “ahora no”. Si notas con el tiempo que sigues posponiendo tu deseo, pregúntate si es un deseo auténtico, si estás buscando excusas o si sólo no sabes dónde empezar, para buscar ayuda de alguien con experiencia.
  5. En cualquier caso: salpimentar con mucha PACIENCIA. Mejorar ciertos aspectos de nuestra vida no es como una carrera de 100m, dónde todo se decide en los primeros segundos. Es una carrera de fondo y aunque flojeas un poco al principio, no significa que no puedes llegar a meta y ganar.
  6. Importante desechar las expectativas exageradas, la presión de cumplir por aparentar y el esperar resultados milagrosos sin ponerse en acción. Son ingredientes que estamos tentados de añadir, pensando que con ellos conseguiremos nuestro resultado de forma más rápida o más fácil, pero tienen el gran riesgo de estropear el pastel antes de cocerlo.

Yo también espero que este año 2012 tenga un buen comienzo para tí. Y por si todavía no lo tengas claro, no te preocupes: ante todo ¡paciencia! Que viva la sabiduría callejera.

 

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